21 junio, 2005

Pablo, el poeta.

Compartimos más que la Universidad, o los maestros, o los conocidos, o la casa, porque vivimos juntos un tiempo, o las noches de parranda tan usuales en los estudiantes de letras.

Me compartió su forma de ver la vida, la intensidad que uno debe poner a todo lo que hace. A todo. Al límite.

Es un gran estudiante, un gran amigo, una gran fiesta, un gran drama, un gran cuento, una grandiosa realidad. Es mi amigo y estoy orgullosa de él. Es un guerrero, es un poeta.

Y lo amo porque tengo mucho que agradacerle, aprendí más que la intensidad, más que lo teórico y lo práctico. Aprendí a no tener medidas ni límites, no en lo que amas.

¡Pero Pablo no está muerto!, aunque mis palabras parezcan póstumas o algo así. Pablo está en una de las mejores etapas de su vida, yo también y éso nos tiene medio ocupados haciendo lo que mejor me ha enseñado a hacer: vivir.

Pero siempre estan sus palabras, sus consejos, las llamadas, la preocupación. Siempre hay lugar para un amigo.

EL LUGAR DE LA INCANDESCENCIA

Desterrado como mítico poeta:
El adiós a la esperanza y
lugar para el amor.
Quiero borrar de mi memoria
cada palabra.

El viento me impide transmutar
olvidos.
Pablo Ortiz, "El sueño del dinero escarabajo y otros poemas". Ed. Paraíso Perdído.